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Fumo apoyado en la baranda de mi balcón, en el cuarto piso de este bloque de principios de siglo, asomado a una calleja amplia. Una tienda de ultramarinos de estilo continental con aristas molduradas y alerón macizo se apontoca en la esquina con la Tercera mirando inmutable a una farola vieja que la examina de reojo y en diagonal. Le doy unas caladas a un cubano. El humo perfuma con una deliciosa fragancia el aire de la noche.
Un hombre de mediana edad avanza a buen paso, un tanto encorvado bajo una chaqueta oscura que le queda grande. Dos coderas de color beige y una calva generosa lucen claras bajo la penumbra. Camina como si llegara tarde al trabajo y se le fuera a escapar el autobús, pero son las tres de la madrugada y el próximo bus pasa dentro de una hora. Sigo su caminar nervioso, viendo como gira la cabeza dos veces. Nadie lo sigue, sólo su sombra y mi mirada insomne. Lo veo acercarse a la esquina y pararse seco antes de cruzar la calle. El semáforo cambia a verde dos veces y él sigue allí impertérrito. Finalmente se mueve y lo veo desaparecer, lamentando no tener un balcón más grande para ver hacia dónde se dirige.
Termino mi cigarro, lentamente, porque el puro lo vale, la noche es agradable y para dormir siempre hay tiempo. Apago la colilla en la maceta; total, lleva seca hace ya dos semanas. Caigo plomizo en la silla, vencido, invadido por un sopor maravilloso.
Abro los ojos pero no estoy sentado, estoy caminando por la calleja de abajo como un autómata al que acabasen de poner en marcha. Giro la cabeza para ver por última vez esta calle insulsa en la que llevo viviendo veinte años. La dejo para no volver. No lo he decidido. Es que me estoy yendo. Espero que el semáforo se ponga verde pero un pájaro nocturno se ha soliviantado por mi presencia y me ha dirigido un pí pí pí claro y contundente. Siento no ser ornitólogo, le respondo, pero le cuento algunos secretos esperando que él me entienda. Sus ojos refulgen como dos botones de latón.
Cruzo la calle y el solar cochambroso que conduce a la parada del autobús. Espero un buen rato sentado a la intemperie con la única compañía del pájaro, que ha decidido bajar del árbol al verme sentado. Se acerca a mis pies, da vueltas nerviosas y un tanto cómicas, se aleja, me mira, y pega un brinco cuando cruzo las piernas. Su desconfianza no es nada frente a su ansia por unas migajas. No es la hora del almuerzo, le digo, yo soy tus migajas. Siento moverse figuras inquietantes, esas que proliferan cuando el sol se pone, pero no siento miedo. Hoy soy invencible.
El autobús llega y abre su puerta con un chiflido metálico y hueco que retumba por toda la manzana. El conductor dice con una gran sonrisa, la máquina de billetes no funciona. El viaje le sale gratis, es su día de suerte, amigo. Me acomodo al lado de una ventanilla y echo una ojeada a mi calle. Me veo en el balcón sentado con mi bata enguatada colapsado sin vida sobre la silla - una marioneta desvencijada.
Adiós -le (me) digo- encantado de conocerte. Perdona que te dejara tan de repente, pero es que tengo prisa.

