lunes 14 de septiembre de 2009

Deprisa


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Fumo apoyado en la baranda de mi balcón, en el cuarto piso de este bloque de principios de siglo, asomado a una calleja amplia. Una tienda de ultramarinos de estilo continental con aristas molduradas y alerón macizo se apontoca en la esquina con la Tercera mirando inmutable a una farola vieja que la examina de reojo y en diagonal. Le doy unas caladas a un cubano. El humo perfuma con una deliciosa fragancia el aire de la noche.

Un hombre de mediana edad avanza a buen paso, un tanto encorvado bajo una chaqueta oscura que le queda grande. Dos coderas de color beige y una calva generosa lucen claras bajo la penumbra. Camina como si llegara tarde al trabajo y se le fuera a escapar el autobús, pero son las tres de la madrugada y el próximo bus pasa dentro de una hora. Sigo su caminar nervioso, viendo como gira la cabeza dos veces. Nadie lo sigue, sólo su sombra y mi mirada insomne. Lo veo acercarse a la esquina y pararse seco antes de cruzar la calle. El semáforo cambia a verde dos veces y él sigue allí impertérrito. Finalmente se mueve y lo veo desaparecer, lamentando no tener un balcón más grande para ver hacia dónde se dirige.

Termino mi cigarro, lentamente, porque el puro lo vale, la noche es agradable y para dormir siempre hay tiempo. Apago la colilla en la maceta; total, lleva seca hace ya dos semanas. Caigo plomizo en la silla, vencido, invadido por un sopor maravilloso.

Abro los ojos pero no estoy sentado, estoy caminando por la calleja de abajo como un autómata al que acabasen de poner en marcha. Giro la cabeza para ver por última vez esta calle insulsa en la que llevo viviendo veinte años. La dejo para no volver. No lo he decidido. Es que me estoy yendo. Espero que el semáforo se ponga verde pero un pájaro nocturno se ha soliviantado por mi presencia y me ha dirigido un pí pí pí claro y contundente. Siento no ser ornitólogo, le respondo, pero le cuento algunos secretos esperando que él me entienda. Sus ojos refulgen como dos botones de latón.

Cruzo la calle y el solar cochambroso que conduce a la parada del autobús. Espero un buen rato sentado a la intemperie con la única compañía del pájaro, que ha decidido bajar del árbol al verme sentado. Se acerca a mis pies, da vueltas nerviosas y un tanto cómicas, se aleja, me mira, y pega un brinco cuando cruzo las piernas. Su desconfianza no es nada frente a su ansia por unas migajas. No es la hora del almuerzo, le digo, yo soy tus migajas. Siento moverse figuras inquietantes, esas que proliferan cuando el sol se pone, pero no siento miedo. Hoy soy invencible.

El autobús llega y abre su puerta con un chiflido metálico y hueco que retumba por toda la manzana. El conductor dice con una gran sonrisa, la máquina de billetes no funciona. El viaje le sale gratis, es su día de suerte, amigo. Me acomodo al lado de una ventanilla y echo una ojeada a mi calle. Me veo en el balcón sentado con mi bata enguatada colapsado sin vida sobre la silla - una marioneta desvencijada.

Adiós -le (me) digo- encantado de conocerte. Perdona que te dejara tan de repente, pero es que tengo prisa.



domingo 31 de mayo de 2009

Ego


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Se levantó un domingo con un sabor raro de boca y una sensación extraña pero indescriptible. Se lavó la cara con agua fría para despertar al día. Levantó la cabeza y se miró en el espejo, pero no vio más que un cristal que reflejaba las paredes de un cuarto de baño vacío.

Anonadado, pensando que quizás había muerto, fue a su despacho, se sentó frente a su portátil, encendió la cámara web y disparó cuatro veces, mientras veía su cara inamovible en la pantalla minúscula del visor.
Existo, musitó. Fue a Mis Documentos, Acceso a Instantáneas, y abrió los cuatro jpges. Mostraban una habitación atiborrada de cosas, vacía, con un rastro apenas perceptible del movimiento de alguien que hubiera pasado corriendo delante del objetivo para desaparecer de él a la par que el disparador hacía click.

Se vistió y salió a dar un paseo a pesar de que el día no invitaba a excursiones. Oyó a las hojas secas del otoño revoloteando casi a ras del suelo, picoteando sus Thimberlands, y siguiéndolo con un incómodo y juguetón rush rush mientras él andaba cavilando sin reparar en nada ni en nadie. Después de dos horas de pasear como en trance, dándole vueltas a su vida, suspiró con profunda impotencia sintiendo que su vida estaba vacía.

Volvió a casa. Dejó la puerta cerrarse de un portazo, y fue al baño a aliviarse. Se lavó las manos, y al levantar la cabeza, miró al espejo y por fin se vio.

domingo 3 de mayo de 2009

Equinoccio

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El primer día del período equinoccial, hoy hace justamente una revolución solar, lMj se vio reflejado en la pared de aluminio del elevador que lo conducía a su nave. Los lunares aturquesados de su iris violeta refulgían. Sus párpados refractarios auto-deslizantes se hallaban tensamente replegados tras la protuberancia auditiva superior. Su piel purpurada de anillos blancos lucía más seca y oscura de lo habitual. Las terminaciones pilosas de su nariz vibraban de manera cosquillosa. Temblaba.

La puerta se abrió con un cli-ink-kk ligeramente sordo. lMj se introdujo en la nave, se aseguró el traje de vuelo y cerró el casco de presurización con gravedad. Manejó con cuidado el mando de dirección, pidió permiso a Control para despegar, y saludó con un nos vemos a la vuelta.

La nave policarbonicanizada y fibro-mimética se confundía con el negro sideral en el que quería perderse. El rumor visual de estrellas, meteoritos y otras piedras fugaces precipitándose en movimientos alternantes le provocaban cierto nerviosismo. lMj no estaba haciendo su turno por los planetas asignados al espacio extrabiosférico de Solidea como hacía cada año bipolar. Estaba escapando.

No es fácil abandonar los polos magnéticos de Solidea cuando su brillar alternante ha acompañado tu nacimiento, tu metamorfosis y tu entrada en el mundo adulto. Imposible olvidar el placer que se siente cuando la fuerza de atracción de los polos contrae y expande tu piel y se inicia el período de apareamiento. Sin embargo, eso no era suficiente. lMj dejaba su mundo atrás porque la vida de lMj llevaba sumida en una nada continua demasiado tiempo.

El trabajo de lMj consistía en el control rutinario de las condiciones edafológicas y microbiológicas de los entes planetarios del segundo círculo de la zona de planetas inertes. Los turnos de trabajo de lMj no eran malos ni complicados, y las posibles complicaciones técnicas o de seguridad eran remotas. Después de todo, cientos de transiciones lunares se habían sucedido sin cambio alguno. El Plan de Experimentación en la Zona de Planetas Inertes (PEZPI) es promovido con pomposas promociones mediáticas por el Consejo de Analistas para el Estudio de Regiones Primigenias (CAPERP), por los Filósofos y Bio-Eexperimentadores Bipolares, y por ese racimo de afectados del grupo de los Teóricos Magnetoides. A pesar de que el trabajo está rodeado de un halo de misterio y aventura, a pesar de que las Solideanas y hermafroditas consideran a los experimentadores presas codiciadas de apareamiento, a pesar de las pomposas promociones para captar y seleccionar a los experimentadores del futuro, LMj había llegado a la conclusión de que todo eso era parte de un teatro orquestado para convertir un trabajo y estilo de vida inútiles en algo atractivo. LMj hubiera deseado saber por qué es tan importante que él y sus colegas sigan experimentando en la zona, y haciéndolo siguiendo estrictos parámetros pre-establecidos. Cambiar de trabajo no era posible, ya que lMj había pasado los cinco grados requeridos para convertirse en experimentador en la zona de planetas inertes, y una vez conseguido el último escalafón, y la gloria, una cláusula del contrato te ata de por vida.

lMj no había mascado la decisión durante años. Una mañana al despertar la solución se le había presentado clara y sorprendente como un animalillo peludo saliendo de una chistera. Dadá Dadá. Voilá.

lMj se había garantizado cierta tranquilidad en las treinta próximas fases meteóricas solicitando todos las vacaciones que no había disfrutado en el pasado. Una vez finalizadas éstas, se incorporaría de inmediato al trabajo sin volver a Solidea hasta que su turno terminara. Cuando los Controladores Bipolares se percatasen de su ausencia, lMj estaría al menos a 10 años luz de los perseguidores del Sistema de Detección de Renegados ya que la ruta de sus movimientos estelares vacacionales indicaba en dirección inversa. lMj había trabajado con ahínco para que el satélite registrara un mapa de navegación erróneo manipulando el sistema de rastro direccional de su navegador.

Es una práctica habitual entre los Solideanos el sellar las diferentes fases vitales con una denominación nueva, la cual es oficialmente registrada por el Organismo de Proceso de Cambio Identitario (OPCI) y sellada con la inserción de un nuevo microchip en la piel del sujeto. Se desharía del microchip una vez fuera de la órbita de Solidea usando un pequeño bisturí y una solucción anestésica; era imposible hacerlo en Solidea debido a los extrictos controles de seguridad. Sin embargo, lMj se había tomado la molestia de destruir todos los documentos relacionados con sus nombres anteriores. Para ello, había cortejado durante un tiempo a JxÑ, una Solideana hermafrodita de impresionantes anillos rosados, y la encargada del sistema de seguridad del la OPCI. lMj había conseguido las claves de acceso al módulo en el que se conservaba la carpeta bajo su Código Identificatorio de Nacimiento (CIN) con todos sus documentos nominales, personales y profesionales. Cuando lMj acabó su trabajo, lo único que quedaba de él era su CIN una leve e imprecisa marca de existencia. lMj hubiera deseado destruir su CIN, pero los códigos de todos los miembros de la especie, desde tiempo inmemorial, se conservan en el Archivo Planetario, ubicado en un lugar desconocido y al que sólo tienen acceso las Custodes Supremas.

lMj estaba preparado para las mutaciones que sufriría durante su viaje hacia su destino - Therseys, una colonia libre de renegados de diferentes constelaciones que trabajan en la polinización artificial de áreas desérticas. Los Patriarcas Exploradores testimonian en sus Diarios Siderales que el proceso de exploración fuera de la nebulosa es peligroso y puede ser mortal. La primera mutación es una horripilante metamorfosis física en la que los anillos dermatológicos desaparecen, se produce una mutación en el funcionamiento de los órganos vitales, y el sujeto se ve invadido por una profunda tristeza y angustia vitales. Los Patriarcas, sin embargo, no mencionan la reversibilidad de estos efectos una vez que el Solideano se adapta a su nuevo entorno, ya que ellos sólo efectuaron un viaje de ida y vuelta, sin asentamiento temporal alguno. lMj no lo sabía al marchar, pero aún así se iba. No tenía nada que perder. ni nada por por lo que girar la cabeza con nostalgia.

Antes de conectar el piloto automático y entrar en la cámara de hibernación, lMj pronunció su nombre de eco burbújeo, lMj, su nombre definitivo. Cerró los ojos y sonrió pensando que su destino era un mundo lleno de retos y de vida. Vida, al fin.





viernes 24 de abril de 2009

Lección Magistral


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El premio Nobel confesó el secreto de su éxito a un grupo de amigos, en confianza, mientras celebraban el galardón. "La única forma de triunfar y de que te consideren inteligente -dijo con severidad- es plagiar de manera fina y destruir a los que realmente lo son". El grupo aplaudió con frenesí.



sábado 11 de abril de 2009

Color

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Darío deambula hipnotizado. El parque es un lienzo atiborrado de tonos verde oliváceo, caqui, esmeralda y lima. Estrellitas de luz dorada chisporrotean al amerizar sobre el agua del estanque central. Las ramas caoba de los árboles se despliegan ladeadas, como la melena de una doncella lavándose el pelo a la vera del río. Los patos acurrucan su cabeza entre el ocre de su plumaje mientras Darío camina con la luz del ocaso sobre la cara.

Llega al final de sendero, atraviesa la calle y se dirige hacia la puerta giratoria de una librería de principios de siglo. Darío guía su bastón por entre una pócima de olores amaderados y el dependiente le recuerda que esta semana todos los libros en Braille están en rebajas.




jueves 9 de abril de 2009

Lavapiés

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Se hizo zapatero para calzar el talento, para ponerle una horma grande a la imaginación, para que la alegría sonara como un zapateado. Se esmeró tanto que en vez de salirle un zapato le salió un poema. Desde entonces vive de su pluma, anda descalzo y vive en Lavapiés.




domingo 29 de marzo de 2009

Glaciar

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Un zumzum repetitivo, apenas audible, inunda el interior de mi Volkswagen.
El blanco y gris marengo del día aparecen puntuados por señales, semáforos y luces de colores. Los postes eléctricos de la autopista sujetan el cielo para que no se derrumbe sobre mí hoy, aniversario de tu despedida de este mundo.

Tras salir del perímetro urbano, me he introducido en un espacio menos rectilíneo e impersonal, ése al que se llega a través de desvíos no señalizados que sólo los locales conocen. He seguido una carretera secundaria, flanqueada por un bulevar arbóreo interminable, para desembocar en el valle que conduce a nuestra montaña. Una señal de “peligro de patinado”, caballero estante de armadura amarilla, me ha dado la bienvenida al llegar. El primer sol de la mañana ha avainillado la nieve de los últimos días; un arbusto ocre, de apenas unos centímetros, sobresalía victorioso sobre un manto blanco de apariencia espumosa. El azul índigo de las montañas al fondo, el celeste grisáceo de la niebla acariciando las cumbres, y el espacio abierto de esta tundra helada me han parecido hoy un espacio mágico, cálido y familiar. He viajado sobrecogido por la soledad grandiosa del paisaje, deseando que tras las montañas estuvieras tú esperándome, como antaño.

Tras tres horas de camino y varios problemas en las zonas de barrizal, he llegado a nuestra antigua cabaña, aquélla en la que nos refugiamos en nuestros primeros días de enamorados, y a la que volvimos cada invierno antes de emigrar. Tenía la esperanza de hallarla tal cual la dejamos, sin embargo yacía con tres de sus muros colapsados, como un vagabundo durmiendo a la intemperie.

He abierto el termo y me he tomado un café con leche antes de salir. Me he enfundado los guantes de piel que me regalaste el invierno pasado y he bajado del auto. He entrado a la casa a través de una de las ventanas, ahora sin cristales. La madera despedía un olor hedentinoso, pero nuestro antiguo dormitorio y sala de estar todavía conservan parte de su aura. Un puñado de memorias han salido a darme un abrazo. He recordado con nostalgia nuestros silencios cómplices, la calidez de tu compañía, nuestras caras con arrugas menos marcadas, tus juegos con nuestro gato. El crujir de la madera hablaba ronco y amenazante, y he avanzado sólo unos pasos antes de salir.

Diez metros a la derecha he encontrado tu antigua bicicleta, semi-cubierta por la nieve, hibernando amarrada a un árbol. Un cardenal rojo se ha posado juguetón sobre el sillín, sus plumas carmesí una provocación al blanco tiránico del día. Un poco más allá, girando ligeramente hacia la parte trasera de la casa, yacían las mesas y bancos metálicos que usábamos en verano para nuestras cenas al fresco, ahora convertidos en un trazo minimalista de líneas y curvas. Cien metros más allá, el viejo silo. Me he sentido aventurero, he ido de nuevo al coche a coger la linterna de emergencia y a tomar un trago de la güisquera para calentarme las tripas. He abierto con dificultad uno de los pontones y me he sentido el Santo Job entrando en la barriga de la ballena. En la penumbra, mientras la luz jugueteaba entrando y saliendo por los agujeros del techo y los altos ventanucos, te he visto pasar con tu traje de novia, con el rostro de hace veinticinco años, un fantasma hermosísimo levitando en trance.

He salido dispuesto a irme pero una muchacha se ha acercado gritando un hola amigable. Por un momento me has parecido tú el día que te conocí, con tus katiuskas de colores llamativos y sin paraguas. Te vi llegar oculta bajo una capucha de piel, la bufanda tapándote todo salvo los ojos, tus pestañas dos abanicos acristalados bajo los copos de nieve. No eras tú. Era la hija mayor de nuestro amigo Frederick, que se ha acercado a curiosear al verme deambular. Me ha invitado a ir a saludar a sus padres, que estaban pasando unos días en su cabaña.

Nos ha emocionado reencontrarnos después de tanto tiempo. Hemos comido apaciblemente, con la chimenea encendida, hablando del tiempo, de las noticias, del mundo. Se han sorprendido de verme sólo y me han preguntado por ti.

Murió hoy hace un año.


¡Tan joven! ¿De qué?

De dolor.

Han debido verme demudado pues me han dado el pésame y han cambiado de tema. Me han preguntado por nuestro hijo, por la vida en nuestro país de adopción, por el trabajo, por el futuro. He conversado como si fuera un autómata, mi mente muy lejos de allí, viendo la curva desnuda de tu espalda bajo las sábanas, tú encogida, emitiendo un gruñido velado, tu mirada fija en la pared viendo el mundo pasar en sombras deformadas mientras te morías.

He decidido volver a través del pueblo y no de las montañas. Parecía otro lugar. Sólo los servicios básicos siguen abiertos, la mayoría de los negocios cerrados y abandonados hace tiempo. He parado a comprar algo de comida para el camino. El dependiente, un hombre huesudo de facciones familiares, me ha dicho que sólo unos cientos de personas siguen aquí desde que el negocio de la madera se acabó. Del viejo taller de carpintería y el bosque plantado que lo alimentaba ya sólo queda un eriazo de muñones amaderados extendidos como en cementerio. Parecía un campo tras la batalla en el que el perdedor se hubiera aferrado a la tierra para dejar huella de su existencia. Como tu memoria hace con la mía. He puesto algo de música y he acelerado, deseando alejarme del pasado y de tu memoria, a pesar de que vine a visitar ambos. Tu esencia, sin embargo, yace conservada para siempre en forma de glaciar dentro de mi corazón, a pesar de tu ausencia, amor.